UN CREADOR EN LIBERTAD
publicado a las: 2:57 p.m.
publicado a las: 2:57 p.m.
UN CREADOR EN LIBERTAD
“El mejor bandoneonista que escuché no se dedica al tango sino al chamamé, y se llama Isaco Abitbol”, sentenció alguna vez, con su voz cascada, Aníbal “Pichuco” Troilo, ese “Gordo” genial.
Habrá sido porque Isaco era un creador en libertad. No se ajustaba a molde alguno, cuando se ponía a transformar en música la propia música del paisaje urbano o rural. Y era de los que miraban para adelante. De los que se adelantaban a su tiempo, escudriñaba intuitivamente el futuro y avanzaba dando grandes saltos.
Hay temas de su factura que, aún hoy, no figuran en repertorio alguno, a pesar de su antigüedad, porque se los considera o como de difícil ejecución o poco proclives a disfrutar el gusto de la gente. ¡Como si fueran intérpretes del gusto de la gente!.
Otros debieron aguardar largos años. Tal lo sucedido con piezas como “La calandria”, compuesta en 1946 y estrenada al año siguiente, o “Bodas de plata”, que el maestro dedicara en 1939 a un médico de Alvear que ese año cumplía, precisamente, sus Bodas de plata” como profesional. Esas y otras composiciones fueron – y son – admiradas, aplaudidas, aunque, salvo contadas excepciones, debió transcurrir mucho tiempo desde su elaboración, antes de que otros músicos las tocaran.
Pero, ¿de dónde le venía esa creatividad a Isaco?, ¿quién puede saberlo?, sólo Dios, que pone en cada ser los atributos que le harán destacarse en su paso por la Tierra, si es que se le dan las posibilidades del caso.
Puede decirse que a Isaco se le dieron.
Había nacido en la localidad correntina de Albear, el 29 de noviembre de 1917. Apenas adolescente, conociendo sus inclinaciones por la música, un familiar le regaló una bandónica, hasta que él, por su parte, “descubrió” el bandoneón mientras estudiaba teoría y técnica musical en su pueblo con Sebastiana Disanti y Heraclio Hidalgo (padre éste de la cancionista Ginnamaría Hidalgo, exitosa dos décadas atrás).
Paralelamente, con otros jóvenes, integraron un conjunto musical que amenizaba bailes en la zona y, asimismo, entretenía al público mientras el operador del cine mudo que regenteaba su padre, cambiaba las “tortas” de las películas entre acto y acto.
Su padre era propietario, también, de una tienda: “La liquidadora”. Muchas veces, cuando le recordaban ese nombre, Isaco exclamaba: “¡Lindo nombre fue a ponerle papá: pronto el negocio estuvo “liquidado!”.
ISACO POLIFACÉTICO
Quién lo frecuentaba sabía que este maestro de la música popular argentina poseía, al mismo tiempo, un fino sentido del humor y manejaba con destreza la ironía. Célebre era su inclinación a “bautizar” con apodos a sus amigos, observándoles alguna singularidad del cuerpo o cierta característica del temperamento.
Era un hombre inteligente, talentoso, luminoso. La luminosidad del alma se le derramaba por la mirada de sus grandes ojos, que asomaban en un rostro que denotaba su indudable ascendencia semítica. La inteligencia se le manifestaba en sus largas y amenas charlas, sobre las “cosas de la vida”, o sobre política, otra de sus pasiones (era peronista, pero en 1983 anticipó el triunfo de Raúl Alfonsín, porque – dijo – lo seguían los jóvenes” y al político que le sigan los jóvenes, gana”).
Pero, sobre todo, su inteligencia, su talento, irrumpía con vigor incontenible, contundente, cuando tocaba el bandoneón, ya fuere en temas instrumentales o acompañando a cantores, todo lo cual hacía siempre sin ensayo previo, sin ajustar nada de antemano.
Esta permanente actitud de improvisar lo llevó en 1950 a desvincularse del Cuarteto Santa Ana, que conformara siete años antes en codirección con Ernesto Montiel (una personalidad contrapuesta, justamente). Este acto había sido originada en otra desvinculación: la de Isaco y Montiel del conjunto “Los Hijos de Corrientes (Los paisanitos campiriños)”, que dirigía Emilio Chamorro. El alejamiento de ambos, y de Luis Acosta y Basilio Mago, obedeció a la tozudez con que Chamorro defendía la permanencia en el grupo de la cancionista Irma Maciel, con cuyo desempeño estaban absolutamente disconformes los otros integrantes.
Inclusive hoy, pocos deben conocer la afición tanguera de Isaco, que fue la que lo llevó a Buenos Aires a mediados de la década del 30. Pero, allá se reencontraría con sus raíces.
Esas raíces que le brotaban en los dedos y se agarraban con fuerza al teclado de su bandoneón, para pulsarlo y devolver a su pueblo lo que éste le inspiraba.
“Yo, soy un agradecido de la vida: la vida me dio más de lo que merezco: amigos, la gente que me quiere y mi santa madre a la que nunca olvido”, dijo algunos años atrás.
Por ello, agregó esta frase cargada de sabia ironía: “Voy a tocar hasta que Dios diga ¡basta! Y si Él me manda algún mensajero, primero vamos a discutir cuándo voy a hacer el “viaje”. ¡Es que es tan linda la vida!”.
En la madrugada de ayer, llegó a un acuerdo con el mensajero, después de “discutir” bastante, por lo que se vio.
CARLOS CORREA
7 de marzo de 1994 – Diario El Territorio
Etiquetas: MÚSICA REGIONAL