RAMÓN ÁNGEL DOMÍNGUEZ
publicado a las: 1:26 p.m.
publicado a las: 1:26 p.m.
RAMÓN ÁNGEL DOMÍNGUEZ
A 23 AÑOS DE LA DESAPARICIÓN DEL DESTACADO MÚSICO POSADEÑO
El 2 de marzo de 1956 se silenciaron los instrumentos de la Orquesta Estable de LRA Radio Nacional Buenos Aires. Quedó trunca una actuación y no hubo ensayos previos, menos aún las sonrisas con que sus integrantes acostumbraban recibir a su director, un profesional que era destinatario del respeto y aprecio de la treintena de componentes de la orquesta.
Ese día, se extinguió la joven vida – tenía 31 años – de Ramón Ángel Domínguez, un auténtico creador, de quien Ricardo Ojeda dijo que “era evidente que había nacido para la música, demostraba una gran vocación, tenía mucho oído pero también una capacidad poco común aparte de preocuparse por estudiar en forma constante. Leía música a primera vista y además, tenía la cualidad de escribir en forma directa mientras la “pasaban” la melodía.
Pero, ¿quién era Ramón Ángel Domínguez?, sería la pregunta lógica que formularían los más jóvenes y, asimismo, muchos de los que no lo son.
Este músico talentoso nació el 20 de noviembre de 1924, en el muy posadeño barrio de Villa Urquiza.
Allí transcurrió su niñez y su juventud, y allí rodeada de recuerdos, vive su madre, Emiliana A. de Domínguez quien señaló que, ya a los 6 años, Angelito lograba arrancar melodías al bandoneón que pertenecía a su padre, Manuel Domínguez y en no pocas oportunidades las fiestas escolares lo tuvieron como uno de sus números principales.
En la adolescencia, estudió teoría y solfeo con el profesor Guillermo Riechert, en la filial local del Conservatorio Beethoven, cuya central le extendió el diploma correspondiente al culminar el ciclo. Al mismo tiempo siguió un curso de armonía con el profesor Daniel Peris.
Después, el propio Ramón Ángel se dedicó a la docencia y, precisamente Ricardo Ojeda fue uno de sus primeros alumnos.
Pero, su dedicación al estudio y a la enseñanza no le impidió que siguiera aferrado al bandoneón, su instrumento preferido, integrando diversos conjuntos locales, como los que comandaban Jacinto Corona, Oscar Dioverti o Soler. En esas agrupaciones, además solía encargarse de los arreglos instrumentales.
El año que lo exigió el servicio militar – en 1945 – tampoco interrumpió su afición. Es más, incluso cuando la unidad a la que pertenecía salía de maniobras en campaña, le estaba permitido llevar su bandoneón, con el cual rompía el silencio de las noches de campamento.
EN BUENOS AIRES
Al año siguiente, viajó a Buenos Aires donde, a partir de entonces, se domicilió casi en forma permanente, regresando a Posadas una vez al año hasta que consiguió llevar a sus padres y hermanos, hacia 1953.
Sus conocimientos lo ubicaron de inmediato en el incipiente campo de la música regional que, luego de profesionalizada, se abría camino no sin esfuerzos en el principal centro irradiador del país.
Sin abandonar sus estudios en ningún momento, compuso obras como la antológica “Soy canto inmortal” (con letra de Roberto Ferradás Campos), realizó orquestaciones e integró diversos conjuntos. En diferentes momentos, colaboró con Mauricio Cardozo Ocampo, Osvaldo Sosa Cordero, Emilio Chamorro, Armando Nelli, conjunto “Irupé” del ya citado Ferradás Campos y Santiago Barrientos y varios otros conocidos músicos de la región, como, por ejemplo, Isaco Abitbol, otro de sus entrañables amigos.
El perfeccionamiento que había alcanzado el nivel al que accedió con esfuerzo y dedicación, le permitió competir con éxito en el concurso realizado, unos veinticinco años atrás, por LRA Radio Nacional Buenos Aires (entonces Radio del Estado) para elegir al director de su orquesta estable. Sobresaliendo nítidamente en un grupo compuesto por postulantes de renombre, Ramón Ángel Domínguez obtuvo el codiciado pero también difícil sitial.
Debía dirigir una orquesta de más de treinta profesores, todos los cuales – como es lógico – lograron su lugar como resultado de sendos concursos. La integración – recordó Ricardo Ojeda – era la siguiente: seis primeros violines, seis segundos violines, cuatro violas, dos oboes, dos flautas traversas, un fagot, dos trompetas, dos trombones, un piano, un contrabajo, dos guitarras comunes y cuando era necesario, un cantor, además de “toda la familia de percusión”.
Tenía el compromiso de acompañar a los solistas, de variado género que se presentaban en Radio Nacional o con su patrocinio, aparte de cumplir una actuación semanal. “Estuve en dos ensayos – dijo Ojeda – y pude comprobar el cariño y el respeto que sentían por Angelito los integrantes de la orquesta, a los cuales les entregaba las partituras saludando a uno por uno, con una sonrisa”.
Conviene subrayar que pese a alternar con los valores y creaciones de la música universal, Domínguez permanecía aferrado a su raíz, interesándose por la divulgación y la evolución de las expresiones tradicionales de la región.
Asimismo el director de la Orquesta Folklórica de la Provincia puntualizó que “Angelito era celoso de su profesión, siempre preocupado por encontrar nuevos sonidos y cuando concretaba un nuevo sonido en el instrumento, su rostro se iluminaba con una espontánea sonrisa.
2 de Marzo de 1979 – Diario El Territorio
Etiquetas: MÚSICA REGIONAL