EL MUNDO MUSICAL DE LAS HERMANAS VERA
El miércoles próximo, la Orquesta sinfónica de la Provincia de corrientes habrá de acompañar, por primera vez en su historia, el canto chamamesero. Será cuando Rafaela y Bonifacia Vera – conocidas por el rubro artístico de Hermanas Vera canten “Corrientes poty” (“La flor de Corrientes”), en el Teatro Vera, de la capital de la vecina provincia.
Este suceso se enmarcará en el recital de la celebración de los 25 años con el canto de las Hermanas Vera, por llevarse a cabo en dicha sala y en el que se prevé la presentación de diversas otras figuras que acompañaron a este singular dúo femenino, en diversos momentos del cuarto de siglo que están cumpliendo como cantantes.
Fue, en efecto, en 1969 que resultaron consagradas por el público en Santo Tomé, en la correspondiente edición del Festival del Folklore Correntino. Fotos de la época muestran a una Rafaela adolescente y una Boni casi niña, en el escenario del anfiteatro “Genaro Berón de Astrada”.
Pero, ¿dónde radicó y radica el motivo del éxito fulminante y de la permanencia en el gusto del público por parte de las intérpretes?.
Varias son las explicaciones que podrán ensayarse. La forma del dúo que ellas aplican, es la habitual, con una primera voz que se encarga de la línea melódica y una segunda que apoya a aquélla. No son habituales, en cambio, las cadencias y los matices. La segunda voz es un bajo profundo, tal si fueran los sonidos extraídos por los dedos de la mano izquierda de un bandoneonista. La primera voz, en tanto, jamás perdió su esencia telúrica, su raigambre tradicional, algo que es común a ambas. Y por más que fuese probable que ambas hubieran estudiado técnica vocal, años después de consolidarse el dúo, durante alguna de sus largas estadas en Buenos Aires. Y aunque en los últimos trabajos grabados asomen en su repertorio piezas musicales concebidas con un sentido moderno de la composición.
Allí, tal vez, estriba parte de la explicación del por qué del éxito continuado de estas hermanas nacidas en modesta cuna, en la zona de campo del departamento General Paz, Corrientes. Después, la familia – numerosa familia – se radicó en Caá Catí, cabecera de dicho departamento.
Otra explicación acaso se halle en la sencillez de quienes hoy constituyen figuras de relieve en el cancionero chamamesero. Rafaela y Boni nunca ocultaron, es más, cuentan con indisimulado orgullo, que su padre, Félix Vera, era jinete imbatible de las cuadreras que se armaban en la zona, que eran muchos hermanos y que debían ayudar al sustento del hogar. Ellas vendían el pan que amasaba y horneaba su madre, Ceferina Quiñones, y cuidaban de las vacas. Y cantaban, siempre cantaban.
Hasta hoy, en que demuestran a cada paso una sustantiva calidad musical. Ue estará probada, otra vez, cuando sean secundadas por la Orquesta Sinfónica de su provincia, en “Corrientes poty”, de diego Novillo Quiroga y Francisco Pracánico, primera pieza musical registrada con el rótulo “chamamé” y llevada al disco por Samuel Aguayo, el 11 de febrero de 1931.
Pero, sobre todo, demuestran una honda calidad humana, al no permitir que la enceguezcan las luces del éxito que, muchas veces, no dejan ver el mundo real del ser humano concreto, con sus angustias, sus pesares, sus alegrías, sus sueños y sus esperanzas. Tal como lo cantan las hermanas Vera.
9 de Octubre de 1994 – Diario El Territorio
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UBEDA – CHÁVEZ EN POSADAS
Precedido de justiciero renombre, el dúo Ubeda – Chávez cumplirá esta noche una de sus muy espaciadas presentaciones en Posadas. En efecto, el conjunto que dirige esa dupla de cantores y guitarristas tiene previsto animar hoy un baile en “El Rincón del Chamamé”, de la capital misionera, en tanto que mañana hará lo propio en la ciudad correntina de Gobernador Virasoro, luego de muchos años de ausencia en los escenarios de la zona.
Sin duda que Pascasio “Paquito” Ubeda – correntino, de General Paz – y Héctor Chávez – misionero, de Concepción de la sierra -, componen uno de los dúos de mayor calidad, en la música regional.
Su éxito viene de lejos, de casi cuatro décadas atrás, cuando apenas salidos de la adolescencia, se “encontraron” ambos.
Tras una primera incursión de Ubeda en el conjunto de Tránsito Cocomarola, con el cual llegó a grabar algunos temas a mediados de los 50 cantando a dúo con Gabino Quiroz - “Esperanza”, Vendrás un día”-, vino la decisión. Y el dúo Ubeda – Chávez se habría de mantener hasta el presente, con excepción de algunos intentos esporádicos de hacer las cosas cada uno por su lado. Así, integraron el conjunto tradición, en el que tomaron parte, además, el entrerriano Ramón Bernárdez, en el bandoneón, y el correntino Lorenzo Valenzuela, en el acordeón. Luego, un breve paso, allá por 1963, en el grupo de Cocomarola, hasta que optaron por jugarse con nombre propio. Y en este rumbo llevan ya más de 30 años. Renovados, ahora, con la incorporación del acordeonista Ramón Arias y de otra primera vos, la de Gabino Chávez. Y mejorados, a partir de la calidad inicial, como el vino bueno que, añejado, es mejor.
8 de Octubre de 1994 – Diario El Territorio
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AYER, CALLÓ PARA SIEMPRE LA TROMPETA DE “PANCHITO”
A las 7:30 de ayer, víctima de un paro cardio respiratorio, falleció en un centro asistencial de Posadas el popular músico Francisco Luciano Dartois Enrico, “Panchito”, quien alegrara con su arte a varias generaciones de misioneros, y en los últimos años con su “Montecarlo Soul”.
Con sus 72 años a cuestas, y después de haber actuado en la mayoría de los escenarios de Misiones y la región, “Panchito” se presentó por última vez el sábado pasado, en la localidad de Gobernador López. “Fue una de sus mejores presentaciones”, comentaron ayer los integrantes de su banda.
“Es más, como en las ocasiones especiales, hasta se prendió del micrófono e interpretó un tema, siempre con la trompeta en la mano”, agregó Rubén, su hijo, integrante del grupo desde que se animara con el saxofón a pesar de su juventud.
Sus allegados no quisieron dar paso a la memoria, ayer, ante el difícil trance y, con las disculpas del caso, sólo imaginaban al músico que, en la tarde del miércoles pasado, alentaba a los demás en un ensayo con miras a los compromisos artísticos por venir.
“Que siga el baile. La “onda” de los jóvenes y la nostalgia de los adultos”, una nota periodística publicada en la revista dominical de EL TERRITORIO el 7 de diciembre de 1986, entonces, sirvió de apoyo para rescatar la trayectoria del músico y que, a modo de homenaje, se renueva ante su despedida.
“Panchito” nació en la localidad cordobesa de Laboulaye, el 8 de enero de 1922, donde, a instancias de un familiar, se inició como músico a fines de la década del 30, pero el entonces jovencito se empeñaba en reproducir las nociones transmitidas en un violín.
Al poco tiempo, tomaría la trompeta como su instrumento preferido, para seguir con ella hasta las últimas horas de vida, como revela el comentario realizado por sus compañeros de orquesta a propósito de su insistencia por el ensayo, el pasado miércoles.
Después de haber recorrido un sinnúmero de escenarios de la provincia mediterránea argentina, “Panchito” cargó sus inquietudes y se trasladó a la Capital Federal donde siguió estudios musicales, pero decidido ya a continuar con las orientaciones que le indicaban su vocación.
En la década del 40, el tiempo dorado de la “música tropical”, alternó en distintas “características” – como se denominaban los grupos de entonces – de éxito del momento, como las de Juan Barabá, la “Continental”, la de José Rispolli y la “Hawaian Serenaders”.
Por primera vez estuvo en Posadas en 1950 para animar, juntamente con la “Continental”, un baile en el viejo Club del Progreso – ubicado en la calle Ayacucho, entre Catamarca y Salta. Era el momento de mayor furor del mambo.
Precisamente, en ese contexto de la trascendencia de la música tropical, en 1953 arribó a nuestro país Dámaso Pérez Prado, considerado como el “rey” de ese ritmo. “Panchito” integró su agrupación pero la misma se limitó a las actuaciones de aquél en la Argentina, ya que se rehusó a acompañarlo al exterior.
Luego de esa experiencia, Dartois vino a Posadas para animar los bailes de carnaval de ese año en el Club General Urquiza, en cumplimiento de un compromiso en el que tuvo participación el bandoneonista-tanguero, Pablo Roca.
“Vine por quince días y me quedé, por esas cosas de la vida”, comentaría “Panchito” en ocasión de la entrevista realizada en diciembre de 1986 por EL TERRITORIO.
En esta ciudad se casó con Felicia Caniza, con quien tuvo cinco hijos: Liliana, Elba, Rubén, Hugo y Lito.
La familia Dartois se afincó en las inmediaciones del Instituto de Comercio Santa Catalina. Su aficción a la música, compartió hasta hace cuatro años con su trabajo en el Ministerio de Salud Pública de la Provincia, donde se jubiló tras haber completado los años de servicio.
Al principio el grupo, cuya permanencia en el gusto de la gente fue adjudicada por el músico a la “constante renovación”, se denominó “Montecarlo Jazz”, para en 1979, identificarse como “Montecarlo Soul”, siempre con el aditivo de “Panchito” en primer término.
Sin embargo, la permanente renovación a que aludía “Panchito” no alcanzaba para olvidar aquellas piezas musicales que encendían la nostalgia, por un lado, mientras que por el otro sabía complementar ese ritmo con los últimos que se lanzaban al mercado.
¿ Que más se puede agregar a lo que fue la trayectoria y las vivencias de este popular músico?. El mejor testimonio, sin duda, quedará grabado para siempre en el recuerdo de varias generaciones de misioneros.
“No habrá otro igual”, como dijeran en forma unánime los integrantes de “Montecarlo Soul”, Carlitos, Juri, Hugo, Coco, Neco, Charly y Rubén, además de Hugo, Ramón y otro Hugo, quienes conformaban el equipo artístico, todos más jóvenes que el fallecido músico. Otro logro de “Panchito”, el complemento de su experiencia con la vitalidad de la juventud.
Los restos de “Panchito” serán velados hasta hoy, a las 10:00 horas, en el salón ubicado en la calle Santiago del Estero casi Félix de Azara de Posadas. Posteriormente, el sepelio se realizará en el cementerio Parque “Tierra de Paz”.
¿ Y NUESTRA NOSTALGIA?
Y, ahora, ¿dónde vamos a encontrar nuestra nostalgia?, se preguntaba ayer, con desconcierto – tal si le hubieran cambiado la historia – y con los ojos húmedos, una madura admiradora de Panchito.
Evidente la referencia al repertorio de la Montecarlo Soul – que incluye temas que fueron “hits” en el último medio siglo – y a las generaciones y generaciones de misioneros que bailaron al compás de esa música.
Muchas cosas se habrán dicho y se podrán decir de Francisco Luciano Dartois, pero es evidente que la pregunta inicial constituye toda una síntesis de lo que pensaron miles de personas, tras el anuncio de la desaparición física de este músico que, por encima de todo, fue un ser humano excepcional. Y que se ausentó sin aviso previo, en la víspera del comienzo de la Estudiantina, justo cuando Posadas – a la que eligió como “su” ciudad – empezó a vestirse de primavera, como para una mayor ornamentación de la fiesta de la danza y el ritmo que ofrecen los jóvenes a quien quiera verla.
Son esos mismos jóvenes que, en no pocos casos, ya habrán danzado con Panchito. Como antes lo hicieron sus padres. O sus abuelos.
LA MÚSICA INCESANTE
Quien lo hubiera imaginado, ¿no?. Si lo creíamos eterno. Con su trompeta que más bien parecía una prolongación de su cuerpo. Que lo era, ciertamente, sólo que además él lo transformaba en un vehículo expresivo de su corazón. O de su alma.
Y haciendo bailar a la gente. Porque como Panchito era divertido, procuraba que la gente lo imitara. Es claro que él ponía todo de sí, para lograr ese objetivo. Así era, de igual manera, en su vida cotidiana. Una permanente sonrisa le iluminaba el rostro, hombre de trato cordial, de conversación amena y suave, jamás le escuchamos una palabra altisonante.
Habrá sido porque se enamoró de la armonía desde pequeño. Cuando su tío le enseñó nociones elementales de música en Laboulaye, donde vino al mundo como Francisco Luciano Dartois Enrico, doble apellido que denuncia su ascendencia francesa – su padre era de Marsella – e italiana.
Inclusive, soportaba las lógicas “cargadas” sobre su edad, de los más jóvenes de su Montecarlo Soul (que antes había sido Montecarlo Jazz). Es obvio que no podría faltar el chiste: por ahí escuchamos, más de una vez, que Panchito ya tocaba la trompeta cuando todavía la tierra estaba caliente.
Es qe, es cierto, parecía eterno. La perdurabilidad de “Panchito” en el gusto del público se basaba en varios elementos confluyentes: su idoneidad para tocar la trompeta; un repertorio actualizado en forma constante en el que, sin embargo, figuraban piezas musicales de todas las épocas y, asimismo, la participación de jóvenes en su orquesta, lo cual le concedía al grupo la suficiente dosis de brisa fresca que sugiere la renovación.
Si a todo esto le sumamos la idoneidad del grupo, llegamos a la conclusión de que Panchito era un consumado instrumentador y, por añadidura, un líder natural en quien los jóvenes veían a un maestro.
¿Cuántas generaciones de misioneros bailaron siguiendo los compases de su orquesta?. En los 41 años que llevaba entre nosotros, miles de comprovincianos de todas las edades bailaron con la música de este cordobés que devino misionero; hasta plantar aquí sus raíces.
CARLOS CORREA
23 de septiembre de 1994 – Diario El Territorio.
Etiquetas: HISTORIA REGIONAL
MUSICA REGIONAL
“KILÓMETROS DE MÚSICA”
Había nacido en un paraje de la correntina San Cosme. Pero, como sucede con los que atesoran el mundo en un pequeño rincón del planeta, la música de Cocomarola es universal. Ya no pertenece a Corrientes, ni al Litoral ni siquiera a la Argentina: es patrimonio de los seres humanos, de todos, sin distinciones de ninguna índole.
Si se pretende una sintética biografía, puede decirse que su nombre completo era Mario del Tránsito Cocomarola, y fue el quinto hijo del matrimonio formado por Felipe Cocomarola, un italiano, de Capri, y María Vicenta Aquino, una correntina. Vino al mundo el 15 de agosto de 1918, en el paraje El Albardón, donde su padre tenía un campo y del cual extraía el sustento para su familia que, con él, sumaban siete.
De su padre, quien con el tiempo sería “El Taita”, aprendió cuando niño la ejecución rudimentaria de un acordeón que aquel inmigrante había traído desde la isla lejana. Y, acaso también, una confesa admiración por el violinista Antonio Vivaldi, el compositor italiano de música del período barroco. Esa admiración Cocomarola siempre disfrutaba escuchando “Las cuatro estaciones” – se habría de transformar luego en adhesión y de allí que no es descabellado el calificativo de “el más barroco de los compositores chamameseros” que le destinaron alguna vez. (Es claro que, en esto, confluye además otra historia que tiene que ver con la enseñanza musical y en las reducciones jesuíticas, cuyo florecimiento coincidió con el período del barroco).
La muerte de su padre, lo introdujo de golpe en la actividad musical profesional. Con escasos trece años, debió esforzarse para contribuir al sostén de su familia que, para colmo y de resultas de un juicio, perdió igualmente el campo que formaba parte de la herencia paterna.
Estos hechos habrán marcado su personalidad: era uno de esos hombres a los que se les califica de “familieros”, ya que no se hallaba lejos de su esposa y de sus hijos. Sus viajes largos, los hacía acompañados por todos. Además, tenía amigos en todas partes y su casa estaba siempre llena de gente. Quería a su tierra, a su paraje, a su provincia. Y su música - ¡ ah, su música!- reflejaba todo ese paisaje humano y natural que lo rodeaba. Con tanta autenticidad que para él es válido aquello de “pinta tu aldea y pintarás el mundo”.
Fue un innovador, un renovador. Desde la formación del primer conjunto con su nombre, antes de que concluyese la década del 30, o cuando militaba en la formación “Los Hijos de Corrientes”, que dirigía Emilio Chamorro, para volver a integrar su propio grupo. Era un trío, y con un dúo de cantores y guitarristas, cuando todos los conjuntos de música regional reunían a muchos integrantes, a veces con un cantor solista. Después, introduciría la instrumentación en la interpretación chamamesera, en momentos en que se producía “la revolución del 40”, un movimiento que abarcó toda la música popular argentina, y no solo el tango como se escucha a menudo. Muchas otras novedades le debe a Cocomarola este ritmo que paso a convertirse en la especie preponderante en el acervo musical del Nordeste. Así como una monumental labor creativa: se cuentan alrededor de quinientas obras compuestas por él. Pero, acaso, baste citar sólo dos de ellas: “Kilómetro 11” y “Puente Pexoa”, de ambas se puede decir que dieron la vuelta al mundo. Su vigencia actual se debe, con seguridad, a que fue, precisamente, un innovador. Se adelantó a su tiempo. Aunque él mismo dijo: “El músico debe ir delante de su público, pero no tan delante como para no poder tomarle de la mano”.
“Día Nacional del Chamamé” fue instituido el 19 de septiembre, en homenaje a este artista cuya vida terrena se extinguió ese día de 1974, hará mañana 20 años. Aunque a decir verdad, Cocomarola puede dormir tranquilo, ya que consiguió algo que todos buscan y pocos encuentran: la inmortalidad. Y con el sencillo argumento de saber observar y transmitir lo observado. Pero con el agregado de una tremenda sensibilidad.
CARLOS CORREA
Diario El Territorio- Domingo 18 de septiembre de 1994
REZO Y BAILE EN HONOR DE LA VIRGEN DE ITATÍ
Después de la misa, la gente se reúne aquí y allá, en el patio o en torno del fuego que dora el churrasco. También, hay algunos, en actitud de recogimiento, frente al altar de la Virgen. Cada vez, llegan más. Provienen de los alrededores o de sitios distantes, inclusive de Posadas.
De pronto, entran los músicos: un acordeonista y dos guitarristas. Se dirigen directamente al interior de la pequeña habitación, donde ha sido adornado con modestia un sitial de honor para Nuestra Señora de la Pura Concepción de Itatí. Y le entregan su serenata, en la cual no puede faltar un chamamé alusivo que es cantado a dúo por quienes también ofician de guitarristas.
Luego, al compás de la melodía del acordeón y las guitarras, le toca el turno al baile, por parte de aquellos que desean bailar en ofrenda a la Virgen. Los primeros en salir a la pequeña “cancha”, son los dueños de la casa: Florencio Franco y Damiana Bernal de Franco y, entre los aplausos de los concurrentes, son después imitados por otras parejas.
Así, comenzó la fiesta que “en lo de Franco”, en San Borjita, Corrientes, se realiza todos los 16 de julio, desde hace 19 años, en honor de la Virgen de Itatí. Todos los que tienen conocimiento de esa tradición, saben que pueden llegarse hasta el lugar, sin invitación alguna, para pasar unas horas en auténtica comunidad.
Conviene advertir que si bien el 9 de julio es el día dedicado a la festividad de la Virgen de Itatí, en Corrientes tiene mayor arraigo la celebración el 16 de julio, aniversario de la coronación de la sagrada imagen.
Y desde hace 19 años, los dueños de casa corren con el gasto: Ponen la carne para el asado, los chorizos, el pan casero o la galleta, el vino tinto y blanco, el jugo y hasta los utensilios de mesa, además de contratar a los músicos. En este 16 de julio, se estimó una concurrencia que osciló en las doscientas personas. Eso sí, todas comieron cuanto quisieron. Luego siguió el baile.
Y, todo esto, ¿por qué? O ¿para qué?, se preguntará más de uno, habituado tal vez a frecuentar ambientes donde tienen más importancia las cosas que las personas.
Para hallar la respuesta aproximada hay que adentrarse en el alma de esta gente, para entender el sentido y la forma en que ella desea expresar su devoción. Esta gente – nuestra gente – no concibe la manifestación solitaria de un compromiso con la Virgen. Quiere que su alegría sea compartida por otras personas. Por eso, la serenata, por eso el baile.
Se explica, así, el sentido casi religioso que también tiene el baile para el poblador rural. Esta actitud es bien distante de la que exhiben esos gauchos de opereta que nos suele mostrar la televisión y que exageran todo, hasta los gestos y los pasos de esta danza, despojándola de sentido y sentimiento.
El pueblo chamamesero, por el contrario, une el rezo con la danza y el canto. Tal como lo hacían aquellos que poblaron las Misiones de esta región hasta hace 230 años. Y tal como lo hacen hoy, Florencio Franco y Damiana Bernal, con sus hijos y nietos. Que atienden a los visitantes, con total desinterés en lo material.
Su interés es otro, es trascendente, pertenece al terreno del espíritu, de la devoción. De la religiosidad popular en definitiva.
CARLOS CORREA
31 de julio de 1994 - El Territorio
Etiquetas: RELIGIOSIDAD POPULAR
MURIÓ LUCAS BRAULIO ARECO
Anoche, casi sobre el cierre de la edición, cayó sorpresivamente la noticia en la redacción de EL TERRITORIO: “Murió don Lucas Braulio Areco”, dijo alguien.
Entonces, la noche nos pareció más inclemente, más fría. Misiones perdía a uno de sus hijos dilectos que, paradojalmente, no había nacido aquí, sino en la vecina Corrientes, en Colonia Garabí, el 26 de marzo de 1914.
Pero, el lugar de nacimiento de don Lucas no tiene importancia. “El hombre es como el árbol, pertenece a la tierra que le nutre y le da vida”, sentenció Lord Byron hace casi doscientos años. Y don Lucas pertenecía a Misiones. Era y es patrimonio de Misiones.
Artista multifacético: poeta, narrador, músico, excelente intérprete de la guitarra y el arpa, escultor y pintor, aparte de conversador ameno, de hablar pausado y ademanes cuidados. Areco es autor de numerosas melodías en ritmo de galopa, como “Misionerita” – grabada hasta en el Japón -, y de un chamamé como “El Hormiga”.
Pero, también, compuso preludios de notable factura que, interpretados por él, en solo de guitarra, constituyen una muestra de la altura que logró con su arte de autodidacto. Jorge Cardozo, su alumno preferido y hoy radicado en Europa, ofreció no hace mucho un recital con obras de Areco en el Carneggie Hall.
Pero, eso no debiera llamar la atención. El nombre de don Lucas se encuentra en catálogos y diccionarios del mundo entero, además de identificar a museos, plazas y avenidas de poblaciones de Misiones y Corrientes. Era amigo de artistas nacionales y extranjeros de renombre.
Desde hace muchos años, su vida transcurría en su casa del posadeño barrio 25 de Mayo, entre sus instrumentos, sus cuadros, sus atriles, sus esculturas y sus libros.
Su inmenso amor a la Humanidad surgía diáfano, transparente: “Me apena ver a la gente peleando, discutiendo, que no tenga para comer. Eso es una cosa, para mí, reprochable. Todos tendríamos que tener pan sobre la mesa”.
Por todo eso, la noche nos pareció más fría cuando nos dijeron: “Murió don Lucas Braulio Areco”, en tono reverente, casi como en un susurro, como para no molestar el alma del artista. Que, para entonces, ya había abandonado seguramente la habitación que ocupó durante 80 años, para quedarse y desparramarse por esta Misiones verdirroja a cuyo paisaje – hombre y naturaleza – él supo exaltar como pocos.
24 de julio de 1994 – Diario El Territorio
Etiquetas: HISTORIA REGIONAL