Festival del Litoral (Ultima nota)
HAY QUE EMPEZAR A TRABAJAR
A lo largo de esta serie de notas, nos hemos preocupado en poner de relieve la significación de un festival dotado de las características que pretendemos. Que debe ser útil en gran medida, para la afirmación, la defensa de un flanco muy importante de nuestra soberanía, como lo es el cultural.
Por cierto que si alguien puedo abrir un objetivo distinto – diametralmente opuesto – en cuanto a procurar que el festival llegue a ser simplemente una fiesta más, sería mejor dejar las cosas como están.
En forma extraoficial, voceros de la Dirección General de Cultura de la Provincia deslindaron responsabilidades sobre este silencio y subrayaron que, en un principio, el organismo se limitó a facilitar la sede para las reuniones de los promotores de la comisión.
Dejaron en claro la advertencia efectuada ya entonces por funcionarios de la Dirección: su participación en el auspicio de las jornadas festivaleras, estará condicionada a su intervención en la organización. Es debido a que “no queremos – dijeron – participar en algo parecido a lo del año pasado”, en una tácita referencia a la improvisación que rodeó un frustrado festival, anunciado para fines de 1981.
También, habrían descartado toda posibilidad de que la Dirección preste asistencia financiera.
Acaso a esto último, igualmente, se deba en gran medida el retraimiento de quienes comenzaron con tanta enjundia y que, luego, fueron atrapados por el temor del fracaso, en el entendimiento de que la falta de respaldo económico en volumen adecuado, les impediría la contratación de figuras “taquilleras” que aseguren una buena recaudación, para librarlos de cualquier sobresalto.
¿POR DONDE EMPEZAR?
En esta serie de notas que hoy queremos finalizar (anuncio éste que seguramente despertará la alegría de muchos, que las consideran bastante tediosas) hemos recordado, asimismo, las dificultades con las cuales se enfrentaron los organizadores de la primera edición del Festival del Litoral.
Y explicamos de qué manera, con ingenio y audacia – dos elementos que conforman el perfil del pionero – tales dificultades fueron superadas. Incluso cómo se vencieron las adversidades climáticas, cuando ni siquiera aquella lluviosa semana festivalera de 1963 hizo que decayera el entusiasmo, ni evitara que, finalmente, se obtuviera un jugoso superávit.
Por supuesto que el comienzo no será nada fácil. Pero, si coincidimos que la empresa es apasionante, no nos queda otro camino que empezar, con los medios a nuestro alcance.
A todo esto, ¿ a quienes hay que traer?. Para esto, debemos recurrir a la experiencia, tratando de compatibilizar los propósitos perseguidos por la organización del encuentro, con el aporte que son capaces de brindar aquellos que participen. En el plano artístico hay que tener en cuenta que entre los números considerados comúnmente como “taquilleros”, hay no pocos que pueden contribuir eficazmente a dichos propósitos. Que no son, por cierto, aquellos que se limitan a presentaciones “festivaleras”, es decir, a hacer mucho ruido y entregar poca sustancia, a arrullar con canciones “aboleradas” o al simple entretenimiento, al “pasatismo”.
Por el contrario, hay figuras que, al tiempo que son indiscutiblemente “taquilleras”, contribuyen al enriquecimiento cultura de la población. Esta apreciación se basa en la experiencia, como que fue demostrada tantas veces que la gradería del anfiteatro Manuel Antonio Ramírez resultó pequeña para el público que, en cantidad extraordinaria, asistió a presentaciones de real jerarquía: la “Misa Criolla” fue sólo un ejemplo de este aserto; como lo fue, también, la actuación de Ariel Ramírez, Los Chalchaleros, Zamba Quipildor y otros, a principio de diciembre del año pasado, en el mismo coliseo.
No obstante, como el objetivo principal es la afirmación del folklore del Litoral, con la paralela determinación de sus raíces y ámbito de vigencia, la búsqueda de números artísticos debe orientarse fundamentalmente al panorama regional.
Porque la interpretación de música litoraleña en un alto porcentaje – al principio fue de alrededor del 80 por ciento – debe constituir una exigencia ineludible. Nada de copias ni de “sucursales” de encuentros similares – por importantes que fueren – que se realizan en otros lugares del país: El Festival del Litoral debe tener personalidad propia, distinguirse de los demás.
Serán figuras modestas, quizás no muy conocidas en el orden nacional, pero son las nuestras, son las que tenemos en la región y si no dejamos que se desarrollen las inquietudes, no podemos pretender elevación. Después, el pueblo irá separando la paja del trigo y quedará sólo aquella que responda genuinamente a sus sentimientos.
Tampoco debe temerse el fracaso económico, porque estamos seguros que el público acompañará un esfuerzo de esta naturaleza, siempre que se lo apoye con una adecuada promoción de los propósitos. Porque, además, el pueblo está deseoso de música propia y harto de la ajena, de ésa que no le sirve y que es utilizada como una forma de penetración y de sujeción a estilos de vida muy diferentes del nuestro.
En lo que se refiere a artistas de otros puntos del Litoral, habría que hacer coincidir su estada aquí, para actuar en el Festival, con presentaciones pagas en otros escenarios, tal como se hizo en 1963 con ciertos números.
Por último, en lo que atañe al simposio, se impone comprometer a todo investigador capaz de arrojar “nuevas luces que ejemplifiquen en la práctica cuál es nuestro verdadero acervo cultural”, según la declaración dada por la comisión promotora formada a fines de marzo pasado. Y, en esto, también hay que descontar el interés de conocidos estudiosos tanto de Misiones como de Corrientes, Entre Ríos y Chaco, en dar a conocer los resultados de sus investigaciones.
Corresponderá la amplia divulgación de los resultados del simposio, además de favorecerse la asistencia y participación en los debates del mayor número posible de personas, cualesquiera fueren, con lo cual se posibilitará una mayor proyección de los objetivos perseguidos, a la vez que se impedirá la caída en el “elitismo”.
Todo es útil; máxime en el caso particular de Misiones, semejante a un enorme caldero, en el que bullen los elementos que le darán el perfil cultural definitivo. Que será más pronto, si ayudamos con actos como el que nos hemos propuesto respaldar.
Entonces, no cabe la pregunta ¿ por dónde empezar?. Hay que empezar, y punto. Sin más demoras.
CARLOS CORREA
20 de junio de 1982 – Diario El Territorio
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EL FESTIVAL DEL LITORAL QUE PRETENDEMOS
(VII NOTA)
Desde fines de marzo y durante abril última, se realizaron reuniones con vistas a la constitución de una comisión permanente que se encargaría de organizar la edición 1982 del Festival de la Música del Litoral, pero retomando el camino abierto hace 19 años, cuando se determinó que a través del encuentro – que luego sería anual – se perseguiría el propósito de definición y afirmación de los valores tradicionales de la cultura regional, para vitalizar el cultivo de nuestro acervo, con sentido nacional.
No obstante, desde hace buen tiempo no se da señal de actividad alguna. Aunque antes de este silencio que llevaría ya más de un mes, la denominada comisión promotora provisoria del Festival dio a conocer una declaración, por medio de la cual fundamentó su decisión de reactualizar las jornadas folklóricas del Litoral, de acuerdo con sus características originales.
Hay quienes suponen que la inactividad obedece a que nuestro país se halla en guerra, argumento que – a nuestro criterio – podría ser objeto de revisión, según referiremos luego, reiterando consideraciones consignadas en una nota anterior.
En tanto, veamos los conceptos salientes de la declaración.
“Este Festival vuelve al pueblo de Misiones y de todo el país con objetivos claros y precisos, enarbolando la verdad como única bandera”, se dijo – por cierto que estridentemente – en el primer párrafo del documento.
Y se añadió:
“Quiere volver a ser (el Festival) vocero de la comunidad litoraleña de nuestro país, para elaborar la más pura identificación de ideales y las bases que posibiliten la integración folklórica de la región, sin exclusivismos, sin especulaciones marginales, sin promociones inconfesables, con la meta de lograr la generosa fraternidad entre el artista y su pueblo”.
“El Festival del Litoral no es, ni puede ser, un certamen más, que explote la curiosidad pública con meros fines turísticos o que aliente vanidades. Es, sí, la reunión de autenticidades intelectuales y artísticas en un acto de reafirmación de la tradición argentina en una de su más destacadas expresiones”.
Más adelante, tras subrayarse que “esta misión (…) debe cumplirse en común formando un haz de voluntades y levantando una valla contra el avance de ilegitimidades que deforman y sorprenden al público”, aparte que “van hacia un éxito comercial muy fácil”, se advirtió que “la imagen de nuestro pueblo, de nuestras costumbres, la historia que abonaron nuestros antecesores y los esfuerzos de los estudiosos” de “la problemática folklórica de Misiones, no pueden quedar librados al aventurero ni al desaprensivo que trafica en su propio beneficio o vanidad con lo que hace a la esencia del alma popular”.
Quienes participaron del propósito de reactivación del Festival propusieron, asimismo, que en forma paralela al espectáculo artístico, se lleve a cabo un simposio sobre folklore, de modo que “puedan arrojarse nuevas luces que ejemplifiquen en la la práctica cuál es nuestro verdadero acervo cultural”.
LO QUE PRETENDEMOS
Los conceptos contenidos en dicha declaración nos movieron a apoyar, en forma decidida, el mencionado propósito. Porque coincidimos plenamente con sus enunciados.
Sin embargo, esta iniciativa que tuvo tan auspiciosos comienzos, pareciera que fue – al menos momentáneamente – silenciada (no sabemos por quién, aunque suponemos por qué). Vale acotar, no obstante, que la Dirección de Cultura de la Provincia continúa, por su lado, con la preparación del simposio de música regional que se esperaba constituyera el otro importante aspecto del encuentro folklórico.
En nota anterior de esta serie, decíamos que “el festival que pretendemos persigue la meta de consolidar los valores de nuestra cultura, para afirmar nuestra identidad como parte de la comunidad nacional. Y para afirmar nuestra nacionalidad”.
Debe estar dirigido, en síntesis, al ejercicio de la soberanía en el plano cultural.
En un ensayo del cual es autor, el estudioso Ciro René Lafón alude a las diferentes formas en que se expresa la soberanía de una nación, a partir de su integración como tal, sobre una superficie territorial determinada. Para Lafón la defensa de la soberanía tiene una amplitud mayor que la búsqueda del respeto ajeno a la propia integralidad territorial; comprende, también, la soberanía política y a soberanía cultural, que – sostiene – descansan en la soberanía individual.
Conforme con la finalidad de estas reflexiones, hacemos notar que define la soberanía cultural como “el derecho inalienable que tiene una nación de mantener y conservar el estilo de vida que le es propio”: (“Folklore y soberanía”).
Si la guerra con la Gran Bretaña fuera el argumento que impuso la momentánea suspensión del proyecto de reactivación del Festival, ¿ no es acaso la defensa de nuestro estilo de vida lo que se halla en juego también en este dramático conflicto con el agresor colonialista?.
Además, debemos coincidir en que la guerra sitúa a sus protagonistas frente a una instancia extraordinaria, en la cual tienen que redoblarse los esfuerzos para posibilitar el triunfo, de nuestra nación, en este caso.
La guerra no debe ser un pretexto para frenar la marcha del país. Por el contrario, el redoble de esfuerzos tiene que orientarse a la aceleración de esa marcha.
En el campo cultural específico, nuestra obligación es contribuir – mientras atendemos los deberes que como argentinos, ya y ahora, nos impone el conflicto – a la vigorización de los sentimientos nacionales. Y lo haremos, en una de las formas, a través de la afirmación de nuestra identidad provincial y regional, como parte del conjunto armónico que es la Nación.
CARLOS CORREA
06 de junio de 1982 – Diario El Territorio.
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FESTIVAL DEL LITORAL (VI)
EL ROTUNDO ÉXITO DE LA PRIMERA EDICIÓN
La primera edición del Festival de la Música Litoraleña obtuvo un éxito resonante. Con esfuerzo e ingenio, se superaron todos los escollos de organización; e incluso, de realización, ya que en la semana del 3 al 10 de noviembre llovió a raudales, con excepción de la primera y última jornadas en las que un público extraordinario en cantidad, desbordó las instalaciones del anfiteatro Manuel Antonio Ramírez.
El temporal que se desató el lunes 4, y que se extendió en copiosas precipitaciones que no amainaron hasta la madrugada del domingo 10, provocó el destrozo del decorado del coliseo (en cuya materialización intervinieron el arquitecto Carlos Morales, el profesor Juan Carlos Solís y el ingeniero Juan Bilbao) e impidió la utilización de ese magnífico escenario en la mayoría de las rondas artísticas.
Hubo que buscar sedes alternativas, la primera de las cuales resultó del generoso ofrecimiento efectuado por el entonces titular de LT$ Radio Misiones, Carlos Madelaire (ya fallecido), quien cedió el auditórium de la emisora, ubicado a la sazón en la planta baja de Bolívar 322.
El saldo positivo no fue, solamente, producto de las metas alcanzados en el plano artístico o a raíz de los aportes volcados en el simposio por los estudiosos. Estuvo referido también, al balance superavitario arrojado por las cuentas del festival: 250.000 pesos moneda nacional (suma muy importante para la época) , fueron entregados al gobierno provincial, una vez saldadas todas las deudas. Lo que indica, asimismo, que ni aún la lluvia fue obstáculo para que el público expresara su adhesión.
Esto dio lugar a que – una semana después de terminado el encuentro y en una reunión llevada a cabo en el Palacio del Mate – el presidente de la comisión organizadora, profesor Lucas Braulio Areco, puntualizara que “la magnitud del festival ha superado todas las previsiones, hasta la más optimistas. Al éxito artístico, considerado por los visitantes como el más grande de los obtenidos en el país por actos folklóricos, se agregó el económico, que permite no solamente cubrir todos los gastos, sino poder presentar un superávit”.
Si se analiza, con seguridad que surgirán varias razones que explicarán el éxito en sus distintas facetas.
Una de ellas estribaría en la “novedad” representada por la concreción de un encuentro de la música, el canto y la danza del Litoral, con el paralelo desarrollo de las reuniones de los investigadores del hecho folklórico de la región.
Además, había interés generalizado en la población por la vigorización de las auténticas manifestaciones artísticas nacionales, lo que se reflejaba en un mayor número de creadores e intérpretes celosos de la raíz folklórica. Pero, también lo había en ciertas áreas de los poderes de decisión, sobre todo en aquellas vinculadas con las actividades culturales que supieron aprovechar el momento histórico – estaba aún en expansión aquella “explosión” de música nacional del 60 – favorable a sus propósitos.
Otro elemento de atracción estuvo dado por la concurrencia, al lado de los consagrados, de las delegaciones oficiales de las provincias del área: Corrientes, Formosa, Chaco, Entre Ríos y Santa Fe, que se sumaron a Misiones en la competencia para nominar los triunfadores en cuadros costumbristas, cuerpos de danzas, conjuntos o solistas.
En lo que se refiere al balance financiero superavitario, vale destacar que ninguno de los artistas profesionales – es lo que afirmaron públicamente los organizadores, entonces y ahora – percibió un solo centavo por su presentación. “Ellos se pagaron el viaje y la comisión les pagó la estadía”, subrayó Areco, (quien, por otra parte, habrá hecho jugar sus vinculaciones con otros artistas para que actuaran gratis).
Hubo números – como el Cuarteto Santa Ana, dirigido por Ernesto Montiel – a los que se hizo coincidir su participación en el festival con su contratación por entidades de la zona.
EL SIMPOSIO
No faltaron – también entonces y ahora – los críticos de las jornadas en que los investigadores concretaban sus aportes y discutían las distintas manifestaciones culturales folklóricas de la región.
Coincidimos, sin embargo, con la profesora Clara Passafari de Gutiérrez, quien afirmó que aquella primera edición, en su conjunto, constituyó un “buceo en las primeras raíces doctrinarias que tuvo la virtud de dirigir la atención hacia el Litoral, promover la aclaración de conceptos y estimular la investigación sobre una zona misteriosa todavía y provocar un acercamiento e intercambio de creadores, intérpretes y estudiosos” (“Magia y Poesía en el Primer Festival de la Música Litoraleña”, en el diario “La Capital”, de Rosario, el 15/12/63).
A todo esto, recordemos que la comisión del primer simposio fue integrado por el escribano Aníbal Cambas y los profesores Jalil Baltazar Cura, Hugo W. Amable, Ermelinda A. de Odonetto, Antonia Rizzo, Clara P. de Gutiérrez, Haydeé Sánchez Pérez del Cerro, Roberto Rolón, Víctor Jaime Freyre, Lázaro Flury, Osvaldo Sosa Cordero, Dalmidio Alberto Baccay, Néstor Fayo y Ricardo Ojeda.
De haberse persistido en el camino abierto casi dos décadas, más allá del mezquino par de años que se le destinó al simposio, a esta altura se habría contado ya – qué nos impide suponerlo – con un Instituto de Investigación y divulgación del Folklore Litoraleño, a la manera de las existentes en otros lugares del país.
Porque el hecho de insistirse en un camino – con enjundia, seriamente – acarrea su ensanche y consolidación.
Lo mismo vale para el mantenimiento de los objetivos originales del festival, que no perduraron nada más que unos pocos años, para quedar desvirtuados en toda la línea.
Esos objetivos, no obstante, acaban de ser reactualizados por gente que se propone volver a las fuentes. Paralelamente, la Dirección de Cultura de la Provincia ha reactualizado el encuentro de investigadores, habiendo realizado ya en setiembre del año pasado unas jornadas de ese tipo. Para noviembre venidero, anuncia una nueva edición, con la denominación de “Segundo simposio de música regional”.
Todo hace suponer que se piensa complementar ambas iniciativas, cuyo contenido, por otra parte, merece que le dediquemos especial atención.
CARLOS CORREA
30 de Mayo de 1982 – Diario El Territorio
“Avisos como éste, publicados en una revista especializada porteña, forman parte de la amplia promoción de la primera edición del Festival de la Música Litoraleña”:
E L L I T O R A L
¡ P R E S E N T E!
EN UN
GRANDIOSO
ACTO DE
REAFIRMACIÓN
ARGENTINA
PRIMER FESTIVAL DE LA
MÚSICA LITORALEÑA
DEL 3 AL 10 DE NOVIEMBRE 1963
Anfiteatro “Manuel Antonio Ramírez”
POSADAS
(Misiones)
SANTA FE – ENTRE RÍOS – CORRIENTES
CHACO - FORMOSA - MISIONES
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FESTIVAL DEL LITORAL (V)
CON UNA “LOCURA” SE FINANCIÓ EN 1963
Si tenemos presente que Misiones es tierra de pioneros, no debemos manifestar extrañeza ante muchas obras que se concretaron gracias al esfuerzo exclusivo de sus habitantes. Esfuerzo que demandó, generalmente y como complemento eficaz, una buena dosis de ingenio. Ambos elementos, esfuerzo e ingenio, son característico del espíritu del pionero, librado a su suerte en territorios hostiles, huérfano de apoyo oficial.
Esto vale para todos los órdenes de la vida comunitaria, ya fuere para construir un camino, un puente, el edificio de una escuela o la sala de primeros auxilios.
Ese espíritu primó, también, en los aprestos organizativos de la primera edición de lo que se resolvió denominar, a principios de 1963, Festival de la Música Litoraleña. Estaba decidido que la sede se localizara en Posadas y que el escenario del espectáculo artístico fuera el anfiteatro Manuel Antonio Ramírez, monumental obra inaugurada un año atrás, el 5 de febrero de 1962, poco antes que concluyera – abruptamente – el período constitucional del gobernador César Napoleón Ayrault (y que originalmente se destinó a la versión de ese año del Campeonato Argentino de Basquetbol).
En la nota anterior de esta serie, referimos la gestación de la idea de organización del festival y los objetivos que deberían perseguirse con su realización: incentivar la investigación, el análisis, recopilación, exposición y divulgación de los diversos componentes del folklore del Litoral, así como promover la creatividad de los artistas de la región.
No obstante, quienes concibieron el proyecto tropezaron, entonces, con un serio escollo: “¿ como hacemos para contar con el dinero que financie el festival”, se preguntaron, según recordó Lucas Braulio Areco, a la sazón director de Cultura de la Provincia.
En los niveles gubernativos imperaba la más estricta austeridad. No cabía otro recurso que buscar una fuente de financiación privada. O inventarla, si no se encontraba ninguna disponible.
La iniciativa lanzada por Areco, Adhemar Galli y Daniel Solís ya había comenzado a circular en esferas locales vinculadas con las manifestaciones folklóricas, encontrando eco rápido y significativo.
No había que detenerse, por lo tanto. Más aún, era imperativo avanzar, efectuar aportes sobre la marcha, “haciendo camino al andar”, porque no había antecedentes similares en el medio y los ejemplos de otros sitios no eran estrictamente válidos para su transplante directo al orden local.
UNA “LOCURA”
“Entonces, a Galli se le ocurrió una idea y yo lo acompañé en la “locura”, memoró Areco.
¿De qué se trataba esa “locura”?.
Pues, sencillamente, de una lotería cuyo producido sería destinado a solventar los gastos que demandaría la organización de lo que hasta ese momento era “evento” (porque su realización era eventual, aunque la denominación de “primer festival” sugiriese lo contrario, y recién después de materializada aquella edición se decidió llevarlo a cabo anualmente, según veremos más adelante).
Fue así que, aceptada la idea por las autoridades, el gobierno de la Provincia dictó el decreto 1346/63, por el cual autorizó la emisión de la “Lotería Litoraleña”, cuyo sorteo se verificaría por la jugada de la Lotería Nacional correspondiente al 25 de octubre de 1963.
El premio mayor fue fijado en 1.000.000 de pesos moneda nacional (un “palo” viejo) una verdadera fortuna para la época en que los sueldos promediaban los 5.000 pesos nacionales (o sea, 50 pesos nuevos, con lo que actualmente no se compra ni un caramelo. ¡ Qué cosa la inflación! ¿ no ?.
“Gracias a Dios, el premio no salió, porque, si no, hubiéramos tenido que pagar de nuestro bolsillo”, nos dijo Areco, en la charla que tuvimos con él hace poco en su casa del barrio 25 de Mayo, en medio de libros y obras de este destacado plástico, poeta, compositor e intérprete misionero ( a pesar de su nacimiento correntino, ya que es Misiones, su paisaje y su gente, la que está presente en esas obras).
A esta altura del año, fines de octubre, se ultimaban los detalles de programación del festival.
Tras las reuniones iniciales, se convocó a Ricardo Ojeda, quien había conformado un año antes la Orquesta de la Provincia, para que se sumara a la tarea. Con la misma finalidad, fueron llamadas diversas personas vinculadas con las manifestaciones folklóricas o, simplemente, interesadas en colaborar en la cristalización del proyecto.
Sobre esa base, se constituyó la comisión central organizadora del I Festival de la Música Litoraleña, presidida por el propio Areco e integrada, además, por Aníbal Cambias, vicepresidente primero; Jalil Cura, vicepresidente segundo; Ermelinda A. de Odonetto, secretaria general; Oscar Silva, prosecretario; Zaida Zampaca de Ciarallo, secretaria de hacienda; Lía C. de Urdinola, prosecretaria; Saúl O. Quiroga, secretario de relaciones públicas y turismo; Raúl Fornés, secretario de recepción y alojamiento; Rafael Rovira Vilella, secretario de prensa y difusión; Isaac Mariasch, prosecretario; Reynaldo Tabares, presidente de la comisión de espectáculos; Nora Urdinola, secretaria; Balbino Brañas, Armando Paulino Atienza, Horacio Panicali, Germán Sánchez, Jorge Cáceres, Luis Alberto Reyes e Isidora B. de Tabares, vocales, y Adhemar Galli, secretario de coordinación general.
Para fines de octubre, asimismo, estaba comprometida la concurrencia de delegaciones artísticas de las provincias del Litoral y de estudiosos del hecho folklórico.
CARLOS CORREA
23 de Mayo de 1982 – Diario El Territorio.
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FESTIVAL DEL LITORAL (IV)
CÓMO SE GESTÓ LA IDEA ORIGINAL
“Al decidir nosotros tomar la iniciativa de realizar el Primer Festival de la Música Litoraleña, lo hemos hecho sintiendo el imperativo que es común a todas las provincias de nuestro gran Litoral. Corrientes, Santa Fe, Chaco, ´Formosa, Entre Ríos y Misiones aúnan en esta iniciativa de definición y afirmación de sus valores tradicionales, artísticos y culturales, que, sin excluir ni establecer competencias con otras manifestaciones folklóricas, vitalizará el cultivo de nuestro acervo, con un claro sentido argentino”.
Esas palabras fueron expresadas, hace casi 19 años, por el profesor Lucas Braulio Areco, entonces director de Cultura de la Provincia y presidente de la comisión central organizadora del I Festival de la Música Litoraleña.
Las transcribimos aquí, en virtud de que consideramos que conviene recapitular, hacer un poco de historia, para retomar el camino original y avanzar a partir de allí, a fin de alcanzar la finalidad que se proponen quienes han reactualizado la iniciativa de efectuar aquel encuentro de los cultores y estudiosos del folklore regional, de acuerdo con la idea original.
Y para reseñar sucesos históricos, nada mejor que dejar que hablen aquellos que los han protagonizado.
Uno de ellos fue Areco, con quien hemos conversado sobre el tema, en una amena entrevista transcurrida en su casa del posadeño barrio 25 de Mayo, lo que, a la vez, fue útil para que refrescáramos nuestros recuerdos de aquellos años.
SURGE LA IDEA
En enero del 63, y en respuesta a una invitación cursada al director de Cultura por el poeta salteño Jaime Dávalos, se encomendó al entonces exitoso conjunto Los Hermanos Ariel (integrado por cuatro jóvenes misioneros: Hugo Báez, Aldo Breitembruch, Carlos Garau y Miguel Zárate) para que representan a nuestra provincia en el III Festival Nacional del Folklore, cuya sede – como se sabe – se halla en la localidad cordobesa de Cosquín.
Los intérpretes fueron acompañados por Adhemar Galli (fallecido hace unos años) y Daniel Solís, funcionarios de la mencionada Dirección.
Al regreso de Galli y Solís, con Areco dieron forma a un pensamiento que venían madurando sobre la necesidad de que Misiones hiciera su propio festival y que comprendiera a todo el Litoral, en la integridad de sus manifestaciones folklóricas. O sea que, además del espectáculo musical, se contemplara la realización de un simposio, en el que se volcaran y se discutieran los resultados de investigaciones del hecho folklórico, y de una muestra de artesanías.
Vale apuntar que eran años – casi como todavía suele escucharse – en que toda referencia al folklore nacional se sustentaba en el patrimonio de otras áreas del país: Norte, Centro o Cuyo, mientras se ignoraba lo relativo al Litoral (como si los pueblos de la región carecieran de historia).
Correspondía, entonces, que la iniciativa se orientara a favorecer, incentivar la investigación, el análisis, recopilación, exposición y divulgación de los diversos elementos del folklore litoraleño: música, canto, danzas, poemática, vestimentas, costumbres, comidas, etcétera. De ese modo, se posibilitaría que las expresiones de nuestro acervo folklórico fueran ubicadas en similar plano de consideración a las pertenecientes a otras zonas del país.
Pero, además, a través de dicha iniciativa debería promoverse la creatividad de los artistas de la región.
En sucesivas reuniones, se efectuaron nuevos aportes que enriquecieron la idea original. Restaba, entonces, llevarla a la práctica.
Pero, ¿cómo?, ¿con qué medios?, ya que se tropezó con la falta de recursos oficiales. “No hay un peso para fiestas”, fue la respuesta que los gestores del proyecto obtuvieron de las autoridades gubernativas en febrero del 63.
Ya veremos en una nota posterior de qué manera los propulsores del encuentro artístico se ingeniaron para superar también los obstáculos que se les presentaron en el orden financiero. Que en materia de organización de actos de esta naturaleza (al igual que en los de otras) no suelen ser fáciles de sortear, según lo sabe todo aquél al que alguna vez le tocó – o le toca – intervenir en ella.
Areco recordó que Galli tuvo una idea que, luego de materializada, contribuyó en forma decisiva a que se atendieron con solvencia ese flanco fundamental, para la puesta en marcha de la primera edición del Festival del Litoral.
CARLOS CORREA 16 de Mayo de 1982 – Diario El Territorio
“Al decidir nosotros tomar la iniciativa de realizar el Primer Festival de la Música Litoraleña, lo hemos hecho sintiendo el imperativo que es común a todas las provincias de nuestro gran Litoral. Corrientes, Santa Fe, Chaco, ´Formosa, Entre Ríos y Misiones aúnan en esta iniciativa de definición y afirmación de sus valores tradicionales, artísticos y culturales, que, sin excluir ni establecer competencias con otras manifestaciones folklóricas, vitalizará el cultivo de nuestro acervo, con un claro sentido argentino”.
Esas palabras fueron expresadas, hace casi 19 años, por el profesor Lucas Braulio Areco, entonces director de Cultura de la Provincia y presidente de la comisión central organizadora del I Festival de la Música Litoraleña.
Las transcribimos aquí, en virtud de que consideramos que conviene recapitular, hacer un poco de historia, para retomar el camino original y avanzar a partir de allí, a fin de alcanzar la finalidad que se proponen quienes han reactualizado la iniciativa de efectuar aquel encuentro de los cultores y estudiosos del folklore regional, de acuerdo con la idea original.
Y para reseñar sucesos históricos, nada mejor que dejar que hablen aquellos que los han protagonizado.
Uno de ellos fue Areco, con quien hemos conversado sobre el tema, en una amena entrevista transcurrida en su casa del posadeño barrio 25 de Mayo, lo que, a la vez, fue útil para que refrescáramos nuestros recuerdos de aquellos años.
SURGE LA IDEA
En enero del 63, y en respuesta a una invitación cursada al director de Cultura por el poeta salteño Jaime Dávalos, se encomendó al entonces exitoso conjunto Los Hermanos Ariel (integrado por cuatro jóvenes misioneros: Hugo Báez, Aldo Breitembruch, Carlos Garau y Miguel Zárate) para que representan a nuestra provincia en el III Festival Nacional del Folklore, cuya sede – como se sabe – se halla en la localidad cordobesa de Cosquín.
Los intérpretes fueron acompañados por Adhemar Galli (fallecido hace unos años) y Daniel Solís, funcionarios de la mencionada Dirección.
Al regreso de Galli y Solís, con Areco dieron forma a un pensamiento que venían madurando sobre la necesidad de que Misiones hiciera su propio festival y que comprendiera a todo el Litoral, en la integridad de sus manifestaciones folklóricas. O sea que, además del espectáculo musical, se contemplara la realización de un simposio, en el que se volcaran y se discutieran los resultados de investigaciones del hecho folklórico, y de una muestra de artesanías.
Vale apuntar que eran años – casi como todavía suele escucharse – en que toda referencia al folklore nacional se sustentaba en el patrimonio de otras áreas del país: Norte, Centro o Cuyo, mientras se ignoraba lo relativo al Litoral (como si los pueblos de la región carecieran de historia).
Correspondía, entonces, que la iniciativa se orientara a favorecer, incentivar la investigación, el análisis, recopilación, exposición y divulgación de los diversos elementos del folklore litoraleño: música, canto, danzas, poemática, vestimentas, costumbres, comidas, etcétera. De ese modo, se posibilitaría que las expresiones de nuestro acervo folklórico fueran ubicadas en similar plano de consideración a las pertenecientes a otras zonas del país.
Pero, además, a través de dicha iniciativa debería promoverse la creatividad de los artistas de la región.
En sucesivas reuniones, se efectuaron nuevos aportes que enriquecieron la idea original. Restaba, entonces, llevarla a la práctica.
Pero, ¿cómo?, ¿con qué medios?, ya que se tropezó con la falta de recursos oficiales. “No hay un peso para fiestas”, fue la respuesta que los gestores del proyecto obtuvieron de las autoridades gubernativas en febrero del 63.
Ya veremos en una nota posterior de qué manera los propulsores del encuentro artístico se ingeniaron para superar también los obstáculos que se les presentaron en el orden financiero. Que en materia de organización de actos de esta naturaleza (al igual que en los de otras) no suelen ser fáciles de sortear, según lo sabe todo aquél al que alguna vez le tocó – o le toca – intervenir en ella.
Areco recordó que Galli tuvo una idea que, luego de materializada, contribuyó en forma decisiva a que se atendieron con solvencia ese flanco fundamental, para la puesta en marcha de la primera edición del Festival del Litoral.
CARLOS CORREA
16 de Mayo de 1982 – Diario El Territorio
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Festival del Litoral (III)
Por qué pensamos en estas cosas
Antes de entrar en la materia de esta nota (tercera de la serie que dedicamos a respaldar la iniciativa de reactivación del Festival del Litoral), creemos conveniente efectuar algunas consideraciones, debido a que mucha gente tal vez se pregunte sobre las razones que nos mueven a hablar de un encuentro que generalmente – y de manera errónea – se relaciona con fiestas y con la música como expresión de alegría, en momentos en que nuestro país se halla inmerso en una guerra.
¿ Por qué pensar en la expansión espiritual, en el canto y la danza, cuando los argentinos estamos sufriendo, llorando las consecuencias de un conflicto bélico frente a un enemigo que no se detiene siquiera ante mínimas normas de respeto al ser humano indefenso?
¿ Por qué pensar en festivales, si todo el esfuerzo nacional debe estar dirigido a ganar la guerra?
Pues, por todo ello, precisamente. Porque el festival que pretendemos no encierra el propósito de una simple explosión de alegría (aunque si así fuera, los pueblos como los hombres que lo componen tienen un momento para todo: para reir, llorar, amar, sufrir, soñar, vivir en definitiva, y para morir, pero, en todo tiempo, defender sus derechos, y armarse y pelear cuando peligra la Patria)
El festival que pretendemos persigue la meta de consolidar los valores de nuestra cultura, para afirmar nuestra identidad como parte de la comunidad nacional. Y para afirmar nuestra nacionalidad.
Cuando se enfrentan situaciones críticas como la actual, es que afloran los sentimientos de la nacionalidad; es cuando volvemos la vista hacia nuestro interior y el interior de nuestro pueblo: “miramos hacia adentro de nosotros mismos y de nuestro pueblo” en busca de los valores que nos distinguen del resto del mundo, valiéndonos de los ejemplos heroicos de nuestros mayores, a fin de munirnos de la fuerza necesaria para superar airosos las dificultades que se nos presenten.
¿Es que no cantan, también, los soldados que están en el frente? Si no, ahí están las guitarras que han pedido desde las Malvinas y que se les han enviado por centenares.
Finalmente, necesitamos hablar de todo esto porque el país no debe detenerse. Y no se detendrá. Porque el triunfo será nuestro, en definitiva. La Argentina, nuestra Patria, es permanente.
Entonces, tenemos la obligación de pensar en el futuro.
LOS OBJETIVOS INICIALES
Las primeras ediciones del Festival de la Música del Litoral (o de la Música Litoraleña) se mantuvieran en gran medida dentro de los lineamientos fijados por los autores de la iniciativa – lanzada como dijimos en notas anteriores – a principios de 1963.
Tales lineamientos respondieron al propósito de lograr que el folklore de la región – en su concepción integral – sea considerado en un plano similar al que, entonces, se destinaba al de otras áreas del país. De ahí que, inicialmente y además de las rondas destinadas a la música, el canto y la danza, se programaran simposios y muestras de artesanías.
“En ese contexto, se buscó dar una imagen integral de la provincia, en lo cultural, folklórico, costumbrista y, al mismo tiempo, promover el sentido creativo de los misioneros, haciendo una cosa honesta “, según Lucas Braulio Areco, uno de los gestores de la idea.
¿ Qué pasó después? ¿ Por qué se desvirtuaron esos objetivos?
Consideramos – y en ello coincidimos con lo que se sostiene en diversas esferas – que en algún momento los responsables de la organización se dejaron ganar por cierto “facilismo”, consistente en la contratación de figuras que estaban en el “candelero”, y que eran “taquilleras” por lo tanto, en aras de brindar color al espectáculo.
Pero, simultáneamente, el encuentro fue perdiendo contenido.
En primer lugar, se le modificó la denominación. Ya no se llamó Festival de la Música del Litoral (o Litoraleña): con los años fue, simplemente, Festival del Litoral o Festival de Posadas.
Cabe advertir sobre esta diferenciación que no es tan sutil como aparenta.
La denominación original implicaba el decidido propósito de fomentar la música y otras expresiones folklóricas del Litoral, además de favorecer el surgimiento de artistas de la región. Por el contrario, el nombre de Festival del Litoral o de Posadas traducía la finalidad de – tan solo – ubicar geográficamente la sede del encuentro. (En esa época, se hablaba de “hacerlo sombra a Cosquín”, como si ello fuera el objetivo, aunque esto reflejaba en alto grado el rumbo que se había tomado).
Es decir que – por ese camino y acaso en forma involuntaria – se lo despojó de la esencia que se pretendió en los orígenes. Más aún porque ese cambio incluyó la eliminación del simposio que congregaba a los estudiosos y de la competencia que protagonizaban las distintas delegaciones provinciales del área.
No debe entenderse esto, de ningún modo, como un olvido de la significación alcanzada por la presencia aquí, en el marco de sucesivas ediciones festivaleras, de destacadas figuras de la música popular argentina. (Así, también, se contrataban otras a las que más vale olvidarlas).
Pero – vale apuntar – los aportes que fueron y son capaces de brindar tales figuras no sedimentaron, ante la ausencia de una labor integral, de toda una maquinaria cultural que se moviera en torno del espectáculo musical, para respaldarlos y afirmarlos en la población.
CARLOS CORREA
09 de mayo de 1982 – Diario El Territorio
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FESTIVAL DEL LITORAL (II)
CÓMO SE DESNATURALIZAN ESTOS “EVENTOS”
Justicia es reconocer que, en estos días, las radioemisoras en general han incrementado la difusión de música nacional, lo que permitió el reencuentro de los argentinos con destacadas expresiones de su cultura. Este fenómeno – porque en verdad es un fenómeno luego de años de relegamiento – se observó sobre todo a partir del domingo anterior, por las particularísimas circunstancias que enfrenta la Nación, que la han conmovido hasta lo más hondo y han generalizado la conciencia sobre la necesidad de defender todo lo nuestro, en todos los terrenos.
No obstante, todavía no hay campo para el optimismo sobre la suerte de nuestra música nacional. Nada indica que la situación habrá de revertirse en forma más o menos permanente. Porque el apuntado incremento de la difusión no se ajusta a normas estables, sino que parece responder al propósito de ponerse a tono con los sentimientos que animan a la población en este momento (salvo las honrosas excepciones de estaciones de radio que mantienen como política invariable el adecuado nivel de divulgación de nuestros ritmos).
Además, la función que puedan cumplir en este orden las radioemisoras, no es suficiente para alcanzar el objetivo deseado. Por supuesto que es significativa esa función, pero, como contrapartida, es limitado el ámbito en el que pueden ejercer influencia para torcer el rumbo impuesto por los que poseen resortes poderosos y que gravitan de manera virtualmente decisiva en el circuito de la difusión.
Entonces, las acciones deben comprender a todos los operadores del mencionado circuito, incluidas las empresas discográficas.
Por supuesto que no olvidamos a los organismos oficiales o semi-oficiales encargados de resguardar y promover los valores de la cultura nacional. Ni a lo docentes que tienen igualmente un importante rol que desempeñar, desde que deben asumir – muchos han asumido hace tiempo – la responsabilidad de ilustrar a la niñez sobre tales valores.
Ni las teledifusoras, cuya deuda con el país en este campo es considerable: de un lado, por haber favorecido – en grado superlativo – más lo extraño que nuestros productos y, del otro, por las posibilidades que brinda ese medio de comunicación.
LOS FESTIVALES
Invalorable es, asimismo, el aporte que son capaces de concretar los festivales que se realizan en diferentes lugares de la República y cuyo “poder de convocatoria” nadie desconoce.
Al respecto, no faltan quienes atribuyen al denominado Festival Nacional del Folklore que se lleva a cabo en Cosquín, el carácter de paradigma de los encuentros de ese tipo, dentro del país.
Sobre este punto, recurrimos a conceptos de un estudioso: “…Es oportuno que diga dos palabras sobre los festivales. No haré aquí historias que podría titular “Desde Cosquín al Festival del Ternero” u otro de los más recientes. Allí llegó el deterioro en lenta e incontenible contaminación, que fue “achicando” su valor y su función inicial hasta desnaturalizar su connotación, atrapados en la maraña de intereses creados. No estoy ni en crítico ni en juez pero sí en observador interesado. Basta con seguir la trayectoria de Cosquín. Tales “eventos” como dicen los animadores proliferaron ¿ a propósito de qué?...”, (Ciro René Lafón, “folklore y soberanía”).
Proliferaron – según nuestra apreciación – a partir de lo que hemos calificado como “explosión” de música nacional de los años 60, pero, también, desde que algunos visualizaron el excelente negocio que representaba la organización de espectáculos festivaleros “en cadena”, con la presentación de “paquetes” de artistas (“paquetes”, además, porque uno podía encontrarse con cualquier sorpresa al “desatarlo”, aparte de que muchos eran o son verdaderos “paquetes”, según la popular acepción del vocablo).
El Festival de la Música del Litoral respondió a una idea lanzada por aquellos años que se cristalizó en noviembre de 1963, al efectuarse la primera edición. Más adelante, seguiría lamentablemente el derrotero señalado por Lafón. Se desnaturalizaron totalmente sus fines, transformándose en un espectáculo colorido, pero vacío de contenido. Hasta que el propio festival dejó de realizarse.
La experiencia debe ser tenida en cuenta por quienes, ahora, han reactualizado la idea, de acuerdo con las premisas originales.
CARLOS CORREA
02 de Mayo de 1982 – Diario El Territorio
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Festival del Litoral (I)
¿Y LA MÚSICA NACIONAL, QUE?
El fondo musical de “La marcha del rio Kwai” (a la que se le atribuye el carácter de alabanza al heroísmo británico por el comportamiento de sus tropas en una contienda bélica) prestado a un comentario deportivo efectuado por una radiodifusora argentina, nos movió a realizar estas reflexiones (en la primera de las notas que pensamos dedicar al respaldo de la decisión de reactivar el Festival del Litoral). No es del caso identificar a la emisora, ya que se trata de una simple anécdota, si bien ilustrativa del panorama en el que se debate la música nacional desde hace unos años. En el mismo plano se ubica la inclusión, en un programa televisivo que los misioneros vimos el domingo anterior, de un conjunto que interpretaba música extranjera en el marco de paisajes de Entre Ríos. Otra anécdota; y como ésas, centenares.
En estos días, los argentinos – sin excepción, gobernantes y gobernados, militares y civiles, dirigentes y dirigidos – han puesto a la consideración mundial su irrenunciable propósito de sostener la soberanía efectiva sobre la totalidad del territorio que nos pertenece por títulos de cuya legitimidad no caben dudas. En ese orden, no nos hemos apartado de nuestra actitud de siempre, sólo que ahora el mundo ha tomado cabal conciencia de ello, a propósito de la recuperación de las islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur.
Tenemos conciencia, también, que la soberanía no constituye un concepto de aplicación unilateral, destinado exclusivamente al dominio sobre el espacio geográfico. Si bien ese dominio es básico, sobre él debe asentarse la soberanía que necesitamos ejercitar en otros órdenes.
El cultural, entre ellos.
Porque es fundamental que, además de contar con un territorio sobre el cual se asiente organizadamente, una nación exista cuando dispone de identidad, que la distingue del resto de la comunidad internacional. Identidad que requiere de elementos propios, que sirva para identificarla (valga la insistencia).
Que, en nuestro caso, nos ayude a establecer “de donde venimos y quienes somos”.
Por cierto que nada más lejos de ese propósito que la extraordinaria difusión que se concede desde hace años a la música extranjera, en detrimento de los ritmos nacionales. A tanto llega la infiltración que hoy en día proliferan los conjuntos que no solamente tocan dicha música, sino que se considera que “está fuera de onda” toda agrupación cuyo vocalista no canta en idioma extraño.
Tampoco, nada más lejos de nuestro ánimo que valernos de argumentos “chauvinistas” para sustentar estas reflexiones. Nunca ha sido ése nuestro método, si por “chauvinismo” se entiende la defensa irracional de todo lo que se origine dentro del país – aún las lacras sociales - y el rechazo con el mismo énfasis – aún de lo probadamente bueno, positivo y, por lo tanto, beneficioso – de lo extranjero.
Sobre ese particular, el 3 de enero pasado dijimos por este mismo medio: “…No significa lo dicho – de ningún modo – la descalificación lisa y llana de todo lo que viene de afuera en materia musical (ni en ninguna otra materia)”.
Y agregamos esta apreciación terminante: “No se puede cometer una torpeza semejante..”. Para concluir: “…Además, hemos dicho en diversas ocasiones: bienvenida la influencia, cuando ella es beneficiosa, cuando nos enriquece…”.
La cita es oportuna para evitar errores de interpretación sobre el objetivo que nos guía.
Y como la música llamada “moderna” está destinada a un público de edad determinada – los jóvenes – nos vemos en la obligación de aclarar que tampoco estas consideraciones deben tomarse como oposición a que se la difunda. No se puede incurrir en tamaño error, máxime que la juventud siempre se ha inclinado por ese tipo de ritmos.
MÚSICA NACIONAL
Pero, sí, destacamos que se debe propender a que la juventud cultive, sobre todo, la música nacional, la de su país, la que –en este orden – la identifica como perteneciente a una nación distinta de otras.
Si no se procede de ese modo, ¿qué harán estos jóvenes de hoy cuando mañana les toque ejercer cargos de responsabilidad, cumplir diferentes roles en la comunidad?
Habrá que aplaudirlos y resaltar su actitud en el hipotético caso que actúen en consonancia con su origen, propiciando la divulgación de las expresiones de su cultura.
Sin embargo, lo más probable es que una inmensa mayoría de ellos transmitan lo que a su vez recibieron en la etapa de sus vidas en que han sido formados, inclinados a aceptar sin oposición temas totalmente extraños a los valores de su nacionalidad.
El desarraigo es la meta que se persigue por este camino (involuntario, claro está, ya que ningún pueblo tiene vocación de suicida).
Ese es el riesgo que se corre.
En ese contexto realmente desalentador, merece el apoyo sin retaceos todo propósito dirigido a lograr la divulgación masiva de la música nacional. Todo reducto en el que se instale un bandoneón, una guitarra, un acordeón, un bombo o cualquier otro instrumento típico y en el que se levante una voz que reproduzca nuestra voz, tiene que ser respaldado.
Debemos recordar que aquella “explosión” de música argentina registrada en los años 60 no surgió de la nada. No fue “un rayo en un cielo sereno”.
Constituyó el resultado de una labor previa, de largo tiempo en que se cultivaron nuestros ritmos en mayor grado, influenciándose especialmente sobre la niñez. Y cuando, en 1960, esos niños alcanzaron la juventud, se inclinaron decididamente por las expresiones de su propio acervo (sin descuidar, por ello, su atención por ritmos que en algún modo también distinguieron a los jóvenes de todos los tiempos).
Por aquellos años, asimismo, surgió la idea de realizar en Posadas un festival que propiciara la creatividad de los artistas del Litoral y se convirtiera en vehículo de divulgación de la música de la región. A la vez, que se erigiera en centro de atracción de los estudiosos que investigan nuestro pasado, para brindar mayor sustento a las creaciones.
Ahora, se ha revitalizado la idea original. A partir de allí, hay que avanzar sin demora. Porque el tiempo urge.
De esa manera, estaremos contribuyendo a que se busque una obra que nos identifique, cuando sea necesario musicalizar un programa muy nuestro. Y no haya que recurrir a composiciones extrañas, como en los casos comentados al comienzo.
O como sucede en uno de los cortos televisivos sobre las Malvinas, que tiene de fondo un tema que – t a m a ñ a contradicción – no suena como definidamente nacional.
CARLOS CORREA
25 de abril de 1982 – Diario El Territorio
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LA PROFESIONALIDAD DEL CHAMAMESERO Y UN HECHO QUE NO DEBE REPETIRSE
Con notable apoyo del público, se llevó a cabo en Posadas en la noche del 6 del corriente mes, un festival de música regional que incluyó en su cartelera a consagradas figuras del género, entre las cuales se contaron números locales y de la vecina provincia de Corrientes. Lo primero, esto es, la adhesión del público, no hizo más que ratificar la vigencia, aquí de las especies musicales que constituyen vehículos de los sentimientos del hombre – y de la mujer, claro está – del Nordeste Argentino.
En cuanto al festival propiamente dicho, la concurrencia no se vio defraudada en sus expectativas por cuanto tuvo oportunidad de asistir a un espectáculo realmente de excepción con un cierre a cargo del conjunto del legendario dúo Vera-Lucero que llevó a su cima el entusiasmo de las numerosas personas que a esa hora – las 3 del sábado – permanecían aún en su sitio y que a lo largo de la noche habían aplaudido a Rosendo Arias y Ofelia Leiva, Carlos Talavera y su Cuarteto Santa Ana, Morel-González, el trío de Raúl Kot Esquivel y varios otros de los intérpretes que desfilaron por el escenario del Club Jorge G Brown.
No obstante, el lamentable epílogo de la fiesta, si bien por cuestiones ajenas a artistas y público, empañó el éxito logrado en esto que podría ser tomado como el inicio de una serie de encuentros musicales de este tipo. Al término de la reunión, los artistas correntinos con estupor, primero, y con justa indignación luego, reaccionaron ante la falta de cumplimiento de los términos contractuales.
LO POSITIVO
La noche, en la sede de la avenida Cabred, transcurrió bajo los mejores auspicios merced sobre todo a la actuación sobresaliente que cumplieron los conjuntos mencionados. Cabe destacar, de modo particular, la labor de Rosendo y Ofelia con el bandoneón de Oscar Montes (depurado ejecutante del instrumento que se desempeña como solista de la Orquesta Folklórica de Corrientes). Por su parte, Rosendo y Ofelia confirmaron sus aptitudes de intérpretes sobrios, pero vibrantes, posesionados en su rol, con profunda raíz folklórica.
Ignacio Morel y Carlos González volvieron a codearse con el éxito, en tanto que el Cuarteto Santa Ana, con la conducción del misionero Carlos Talavera, aparece cada vez con mayor nitidez como legítimo heredero de las glorias del desaparecido maestro libreño Ernesto Montiel.
La participación de Argentino Lucero (Salvador Miqueri) y Eustaquio Vera merece, sin duda, un párrafo especial. No porque se pretenda desmerecer la actuación de los otros conjuntos, sino debido a los inconvenientes que casi impidieron la presencia de esos cantores en Posadas.
Tales inconvenientes se originaron en un misterioso telegrama recibido en Corrientes, sobre el mediodía del viernes, por Avelino Flores, bandoneonista del conjunto. Por ese medio, se comunicó que el festival había sido suspendido. Así las cosas, en horas de la tarde y en su casa de Mburucuyá, Salvador Miqueri tomó conocimiento de lo contrario, es decir, que el espectáculo se realizaría tal como estaba programado y con la inclusión de Vera-Lucero. Ante esa evidente contradicción, Miqueri consideró que “nos han jugado una mala pasada”, según señaló después a quien esto escribe.
En Posadas, en tanto, nada se sabía del telegrama hasta que Oscar Montes trajo la noticia de su recepción por Avelino Flores. En consecuencia, se entabló comunicación telefónica con el bandoneonista de Vera-Lucero para encarecer la concurrencia del conjunto. Era las 22 del viernes cuando Flores, a su vez, llamó a Miqueri quien se hallaba en Mburucuyá, para informarle de lo que sucedía y que se pedía la presencia del grupo en el Club Brown.
Luego de no pocas peripecias y tras haber partido de la ciudad de Corrientes a las 23:10 del viernes, los integrantes del conjunto llegaron a la sede del festival a las 2:15 del sábado.
La reseña de lo acontecido, que tal vez puede parecer tediosa, no tiene otro propósito que poner en evidencia el propósito de estos músicos de cumplir con un compromiso. La profesionalidad demostrada en esa instancia fue ratificada por los intérpretes sobre el escenario cuando, en una indiscutible muestra de respeto hacia el público, desarrollaron un repertorio poblado de temas que, además de recibir el entusiasta aplauso del público, encendieron la nostalgia en quienes conocen y valoran a Vera-Lucero desde el principio de los años 50, cuando integraban el legendario Trío Cocomarola. Y, lo más notable, pusieron de manifestó, asimismo, una calidad que es producto de un hecho realmente sorprendente: la perdurable aptitud de estas voces que impusieron un nuevo estilo en el cancionero nordestino, hace ya 30 años. Para más, volvieron a contar con el apoyo del destacado bandoneonista Avelino flores, el mismo que los acompañó cuando, por los años 60, incursionaron con su propia agrupación.
EPILOGO LAMENTABLE
Ninguna participación cupo a artistas y público en el desafortunado final de la fiesta, no obstante que los primeros resultaron perjudicados respecto de los términos contractuales originales. El daño, que fue económico, afectó en mayor medida – en toda la medida porque no alcanzaron a percibir los montos establecidos, al menos hasta el momento en que retornaron desde Posadas – a los músicos que debieron trasladarse desde diversos puntos de la vecina provincia: Vera-Lucero, Rosendo y Ofelia y el Cuarteto Santa Ana.
Los integrantes de dichas agrupaciones reaccionaron con justa indignación al verse defraudados tras haber cumplido con su cometido a satisfacción. Incluso, algunos llegaron a prometer que nunca más vendrán a Posadas para actuar. Y esto es lo lamentable, porque los misioneros que son ajenos al incumplimiento de quienes asumieron la responsabilidad de contratarlos, se verían privados de asistir en el futuro a la presentación de estos y acaso otros artistas de primer nivel.
Es de esperar que la vigencia de tal promesa quede condicionada a la calidad de aquellos que, más adelante, traten de lograr la participación de esos artistas en otros espectáculos.
Pero, también, lo sucedido debe constituir un severo llamado de atención para ciertas entidades que prestan generosamente su nombre para el patrocinio de reuniones, mientras la organización efectiva queda a cargo de determinadas personas poco conocidas en el medio, o en algunos casos, carentes en absoluto de solvencia.
Frente a todo esto, cobran vigencia estos versos de “Chamamesero” del poeta Julián Zini: “Tal vez por esto te usamos/ y olvidamos tus derechos/ negándote ese lugar/ que es tuyo y que te debemos/. Te aplauden y te ponderan/ pero quién se tomó el tiempo/ de llegarse hasta tu casa/ a compartir tus desvelos…”.
CARLOS CORREA
15 de junio de 1980 – Diario El Territorio
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