MÚSICA NACIONAL - EL "SILENCIADOR" PROPIO O AJENO
publicado a las: 12:08 p.m.
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Música nacional
EL “SILENCIADOR” PROPIO O AJENO
En modo alguno constituye una novedad la acción de la censura sobre las distintas expresiones de la cultura. En distintas épocas, los argentinos nos vimos obligados a ver el buen cine en actos semi-clandestinos o en el extranjero (hubo casos de películas nacionales que algunos pudieron verlas en otros países, y no aquí).
O a disfrutar de la buena música en la soledad de una habitación y guardar discos por años, ocultándolos de los ojos y oídos inquisidores, mientras los intérpretes de las piezas contenidas en tales placas sufrían el ostracismo o, cuando menos, debían someterse al – a veces parcial – silenciamiento.
Como en diversos otros, también en este ámbito las “listas negras” forman parte de nuestra historia.
Hay otra forma de censura.
Es la que se impone a sí misma toda persona que teme concitar las iras de algún organismo si ejecuta una acción que considera está prohibida. Esta forma – más peligrosa que la censura oficial – es conocida como autocensura y sus consecuencias suelen apreciarse cuando alguien decide, por su cuenta, “borrar” a determinados artistas, o sus creaciones (que es lo mismo) de la programación de su estación de radio o televisión, o de su sello grabador.
Pero, es sabido – la experiencia indica – que no perduran mucho tiempo las vallas que se oponen a la divulgación de los productos de la creatividad auténtica. Más tarde o más temprano (como lo dijimos en nota anterior) esas vallas son derribadas y las cosas vuelven a la normalidad en la relación entre el público y el artista – intérprete de sus sentimientos o del de una franja de la población -.
Quizás en algún momento puedan justificarse ciertas prohibiciones impuestas o autoimpuestas. No obstante, coincidimos en esto con quienes sostienen la vigencia de los valores permanentes de la libertad de discernir propia del ser humano, sobre qué es bueno y qué es malo, en base al respeto de las normas que rigen la sociedad en la cual vive.
Como fuere, la Doctrina Social de la Iglesia aconseja: “Allí donde por razones de bien común se restrinja temporariamente el ejercicio de los derechos, restablézcase la libertad cuanto antes, una vez que hayan cambiado las circunstancias”.
Y, sin duda, se trata de un derecho el que nos permite escuchar y ver lo que mejor nos plazca, siempre que no atentemos o violemos o avancemos sobre un derecho de otro.
NO HAY DISCORDANCIA
Con la salvedad apuntada, reiteramos que la censura es totalmente negativa. Su única utilidad es la que presta a quienes tratan de mantener nuestros desencuentros, mientras se favorece, por otra parte, la afición por lo clandestino, en virtud de aquello que “el fruto prohibido es más sabroso”.
Desde ya advertimos que no encontramos discordancia alguna entre nuestra tenaz defensa de la primacía de la cultura nacional sobre las extranjeras y el anhelo de abolición de formas de censuras que nos impiden el acceso a expresiones artísticas universales.
Ambos aspectos conforman una misma actitud inclinada a favorecer que los argentinos asumamos la soberanía también en el plano cultural; soberanía no encierra ni chauvinismo (defensa irracional de todo lo nacional, aún de nuestras lacras so pretexto de que “son nuestras”) ni xenofobia (odio, repugnancia u hostilidad hacia todo lo extranjero).
Volvamos a la música nacional, que es el motivo principal de nuestra preocupación al preparar estas – que quieren ser – reflexiones.
Dijimos en nota anterior que la guerra por las Islas Malvinas, al avivarse arraigados sentimientos entre los argentinos y necesitarse de elementos vigorizantes de la conciencia y unidad nacionales, provocó un “destape” de la música de producción nativa.
Nos reencontramos y deleitamos, así, con importantes obras que habían sido relegadas, al igual que sus creadores e intérpretes.
Y hasta – sobre todo los maduros – “descubrimos” que el buen “rock nacional” que descolló en la década del 60 y principios del 70, conservaba su lozanía. Es más: se había enriquecido con nuevos aportes de jóvenes talentosos compositores.
Para ser sinceros – aunque se nos tome por inmodestos – quienes nos preocupamos en seguir de cerca la evolución de nuestro país, observando el discurrir de sus diversas vertientes, sabíamos de la vigencia del “rock nacional” ) tal su calificación, aunque su ritmo no tenga nada o muy poco en común con el de Bill Haley). Lamentábamos su falta de difusión, mientras a nuestra juventud se la avasallaba con una música extraña, tocada generalmente por exóticos personajes.
Debemos decir, de igual modo, que si bien la guerra por las Malvinas derribó los diques opuestos por la censura virtualmente en forma total, desde mucho antes se notaba el creciente, sostenido deterioro de un estado de cosas que agraviaba y agredía a un pueblo adulto y culto, cuyos calificados recursos humanos son disputados por otros países.
La inutilidad de las “vedas”, prohibiciones y “listas negras” quedó de manifiesto, por ejemplo, en los recitales ofrecidos a partir del 18 de febrero de este año por Mercedes Sosa, considerada como la más importante cancionista argentina, a quien, sin embargo, estuvimos varios años impedidos de escuchar.
Volvió y acaso también ella pudo expresar: “…como decíamos ayer” (recordando al poeta español fray Luis de León, quien empezó su primera clase con esas palabras, tras prolongada y obligada ausencia).
Todo esto forma parte de un contexto global, más amplio que – repetimos – apunta a la asunción de nuestra soberanía cultural. Y en este orden, el momento actual es oportuno cuando menos para replantear la política de difusión de nuestra música.
CARLOS CORREA
11 de julio de 1982 – Diario El Territorio
Etiquetas: POLITICA